La agenda está con la gente
Hay algo que he aprendido después de muchos años en el servicio público: uno puede llenar la agenda de reuniones, eventos, cámaras empresariales y compromisos de todo tipo, pero si deja de escuchar a la gente, pierde de vista lo más importante. La verdadera agenda no está en una oficina. La agenda está con la gente.

A veces al funcionario le dicen: “Todo está bien, jefe”. La colonia está tranquila, el parque quedó muy bonito, la policía sí está pasando y la gente está contenta. Pues puede ser. Pero también puede ser que no, y la única manera de saberlo es ir, platicar con los vecinos y escuchar lo que realmente está pasando.
A mí siempre me ha gustado recibir a la gente. Incluso cuando vienen enojados, porque generalmente cuando alguien busca a un funcionario no es para decirle que todo está a toda madre. Lo busca porque tiene un problema, porque algo no funcionó o porque lleva tiempo esperando una respuesta.
Y ahí es donde uno tiene que dar la cara.
No siempre se puede resolver todo. Eso también hay que decirlo con mucha claridad. Hay problemas que requieren presupuesto, otros dependen de varias autoridades y algunos necesitan tiempo. Prometer por prometer es muy fácil; explicar con honestidad qué se puede hacer y qué no, es otra cosa.
Pero recibir a una persona, escucharla y explicarle qué está pasando no cuesta millones de pesos. Eso depende de la voluntad del funcionario. Yo siempre he pensado que ver a un presidente municipal, a un gobernador, a un fiscal o a cualquier servidor público no debería ser como conseguir boleto para ver a Shakira.
Debería ser mucho más sencillo.
Cuando estuve en la Fiscalía me tocó recibir a personas que llegaban atravesando situaciones muy duras. Algunas estaban enojadas, frustradas y con un dolor enorme. Muchas veces no tenía la respuesta que querían escuchar, pero sí podía sentarme frente a ellas, explicarles qué se estaba haciendo y escuchar todo lo que necesitaban decirme.
Eso también importa. Porque la gente puede entender que un problema sea difícil, incluso puede entender que todavía no exista una solución. Lo que cuesta mucho más entender es que nadie la reciba, que nadie le explique y que quien tiene una responsabilidad simplemente se esconda.
Creo que gobernar bien también consiste en eso: estar disponible. Ir a las colonias, escuchar las quejas, revisar personalmente lo que está ocurriendo y regresar después para comprobar que aquello que se pidió realmente se hizo.
Porque otra cosa que pasa mucho es que uno manda arreglar algo y da por hecho que ya quedó. “Arreglen el parque”, “revisen las luminarias”, “que pase más seguido la patrulla”. Muy bien. Pero la pregunta importante viene después: ¿sí se hizo?
Y para saberlo hay que regresar.
La gente de Chihuahua además tiene una virtud que a mí me encanta: habla claro. Si algo está mal, te lo dice en la cara. Y yo prefiero eso mil veces a que todos alrededor de uno estén diciendo que todo marcha perfectamente mientras afuera la realidad cuenta otra historia.
La crítica no debería molestar a un servidor público. Muchas veces es exactamente lo que necesita para corregir. Si un vecino te dice que algo no está funcionando, lo primero no debería ser defenderte; debería ser ir a revisar si tiene razón.
Por eso creo que necesitamos funcionarios menos encerrados y mucho más cerca de la gente. Servidores públicos que no tengan miedo de caminar una colonia, escuchar un reclamo, reconocer un error o decir con toda claridad: “esto sí lo podemos hacer” o “esto todavía no se puede”.
Eso genera confianza.
No porque el funcionario tenga una varita mágica ni porque pueda resolver todo, sino porque la gente sabe que existe alguien responsable, alguien que escucha y alguien a quien se le pueden pedir cuentas.
He tenido reuniones muy importantes a lo largo de mi vida pública. Pero muchas de las cosas que más me han servido para entender Chihuahua han salido de una conversación sencilla con una persona que me detuvo para decirme: “Oye César, ven para que veas esto”.
Ahí está la realidad.
Y mientras tenga oportunidad de servir, así voy a seguir entendiendo mi trabajo: hablando con la gente, escuchando lo que está bien y también lo que está mal, dando la cara y procurando ayudar hasta donde sea posible.
Porque al final no hay agenda más importante para un servidor público que la de las personas a las que tiene que servir.
La agenda está con la gente.
César Jáuregui
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