Que me recuerden como una buena persona
Hace poco, durante una conversación, me hicieron una pregunta que me obligó a detenerme: ¿cuál es tu mayor aspiración en la vida? No era una pregunta sobre cargos, proyectos o reconocimientos. Era algo mucho más personal.

Después de pensarlo unos segundos, mi respuesta fue sencilla: quisiera que algún día la gente pudiera recordarme como una buena persona. Como decimos en Chihuahua, como un buen vato. Alguien razonable, que escuchaba, que trataba de ayudar y que procuraba actuar de acuerdo con lo que creía.
No tengo una pretensión más grande que esa.
He tenido la fortuna de dedicar buena parte de mi vida a una actividad que me apasiona. He conocido personas extraordinarias, enfrentado responsabilidades complejas y aprendido de momentos buenos y difíciles. Todo eso forma parte de una trayectoria, pero no define por completo a una persona.
Los cargos pasan. Las oficinas se dejan. Los nombramientos terminan.
Lo que permanece es la forma en que tratamos a los demás.
Permanece si fuimos capaces de escuchar cuando alguien necesitaba ser atendido. Si dijimos la verdad, incluso cuando era más sencillo evadirla. Si reconocimos nuestras limitaciones. Si hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, aunque no siempre fuera posible resolver.
En el servicio público se aprende pronto que no todos los problemas tienen una solución inmediata. Existen límites legales, presupuestales e institucionales. Prometer lo que no depende de uno sería irresponsable.
Pero siempre podemos recibir a una persona con respeto, explicarle con claridad lo que ocurre, orientarla y buscar una ruta posible.
Muchas veces me he encontrado en la calle con personas que alguna vez acudieron a plantearme un problema. Algunas me han dicho: “No pudo resolverlo, pero me escuchó y me habló con franqueza”.
Ese tipo de comentarios tiene para mí un enorme valor.
Porque servir no consiste solamente en obtener resultados visibles. También significa actuar con honestidad, no esconderse y reconocer que detrás de cada petición existe una persona, una familia o una preocupación real.
Mi mayor referencia es mi familia.
Quisiera que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, mis hijos puedan sentirse orgullosos de mí. No por los cargos que ocupé, sino porque sepan que intenté vivir con congruencia, ayudar a otros y asumir con responsabilidad las decisiones que me correspondieron.
Uno nunca deja de aprender. Con el tiempo comprende que la verdadera trascendencia no está en aparecer más ni en acumular posiciones. Está en la huella que dejamos en las personas.
En Chihuahua nos conocemos. La gente sabe quién escucha, quién habla con la verdad y quién está dispuesto a dar la cara.
Por eso creo que una vida se mide menos por lo que uno alcanzó y más por la forma en que recorrió el camino.
Seguiré procurando escuchar, aprender y ayudar hasta donde me sea posible.
Y cuando algún día todo esto termine, me gustaría que alguien pudiera decir algo sencillo:
Fue una buena persona y trató de servir.
César Jáuregui
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